King Crimson - Red
Sábado, Abril 19th, 2008KING CRIMSON RED

Sin ningún género de dudas, lo más atractivo de llevar adelante esta paradoja de un diario público personal es que, ante todo, es un diario. Por eso mismo el autor -yo en este caso- está en su pleno derecho de escribir en su cuadernito de bitácora lo que le apetece, cuando y como le apetece, sin atenerse a normas de estilo o asuntos políticamente correctos. Da igual que sea novedoso o que tenga interés para la mayoría.
Por eso me permito hacer, sin ningún tipo de reparo, esta reseña de mi disco preferido. Red, de King Crimson, no es un disco actual (novedoso lo será siempre) y me temo que carece de interés para una inmensa mayoría que desconoce al grupo en general y este disco en particular.
Sin embargo, King Crimson es el grupo musical, y acaso la expresión artística, que más ha influido en mi vida y en mi literatura. Recuerdo que una vez, hace muchos años, escuché al gran pianista de jazz Tete Montoliu afirmar en una entrevista que nada había repercutido tanto en su música como los textos de Julio Cortázar. Era muy joven entonces y, aunque ya había leído algunos relatos del cronopio irrepetible, no entendí muy bien aquella asociación. Hoy ya no albergo la menor duda de que las grandes emociones llegan a serlo por el regusto que nos dejan en las vísceras y en la memoria independientemente de la vía por las que nos sean suministradas.
King Crimson suele ser catalogado como un grupo de rock progresivo o sinfónico. A mí me parece música sin más calificativos. Una música capaz de llevarme al delirio o a la desesperación según qué temas y en qué momentos. Y este disco, que supone el final de su primera etapa, de un modo más intenso que los demás. La llegada del formato digital me permitió volver a disfrutarlo a pulmón lleno muchos años después, porque el vinilo original casi terminé por volverlo transparente.
Red se abre con la canción que da título al álbum, un tema instrumental con evocaciones de rock duro que no acaba de serlo por completo, más bien una elipse de ritmos que nos acercan y nos alejan de la melodía con suaves recesos. Un tema rotundo, incisivo. Sigue Fallen angel, un tema más sosegado en el que la voz de John Wetton cobra todo el protagonismo y que en mi imaginación siempre irá asociada a un otoño de hojas caídas, lluvia en la ventana y estimulante melancolía que termina por crecer y derribar los cristales, la lluvia y hasta los mismo árboles de los que caen las hojas. El tercer tema, One more rednightmare, es del percusionista, Bill Bruford, y nunca le agradeceré lo suficiente que a mis diecisiete añitos me hiciese oler sin saberlo las esencias del jazz con sus golpeteos metálicos. Providence es una improvisación de ocho minutos que requiere un estado anímico muy positivo para ser degustada, pero que se tolera con insano placer porque más tarde llega Starless, la canción más hermosa que he escuchado jamás. Tanto, que para referirme a ella -aprovechando que este cauce de comunicación me exime de ser correcto- sólo puedo sugerir a quien me lea que la escuche. Sobre ella, me remitiré a la siguiente reflexión que Kafka hizo sobre la fe: Que cosa tan extraña, quien la tiene es incapaz de definirla, y quien no la tiene no debería hablar de lo que no conoce.