Cosas que pasan

Lunes ocho de marzo. Diez de la mañana. Clase de ética en 4º C de la E.S.O. Para dotar de cierto rigor teórico a una asignatura menospreciada en los planes de estudio (una hora semanal), imparto un breve curso sobre la HIstoria de la Ética que el libro de texto reduce a cuatro autores… Al grano. Les explico que para Hume el sentimiento que nos hace valorar una acción como buena o mala es desinteresado (lo experimentamos aunque no obtengamos beneficio). Acudo a un ejemplo: los terremotos de Chile o Haití, para que entiendan que su sentimiento de dolor no es interesado, salvo que alguno tenga familia en aquellos países. Algunos dicen que no tienen familia, pero que tampoco se sintieron especialmente mal. ¿De verdad lo decís?, pregunto. Son cosas que pasan, responde uno. ¿Por que voy a sentirme mal si yo no tengo la culpa?, declara otro. Busco nuevos ejemplos, añado otros matices… Nada. Si no hay responsabilidad personal no hay malestar. El mundo es así. Son cosas que pasan. ¡Sniff! ¿Dos horas más a la semana arreglarían algo?

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2 Respuestas “Cosas que pasan”

  1. marta Says:

    Estamos inmunizados ante las desgracias ajenas, quizá pòr que se han convertido en algo demasiado cotidiano y somos animales de costumbres.
    Recuerdo cuando hace un año me mudé de casa, y como suele ocurrir,comencé a desembarazarme de trastos ya convertidos en inútiles para mi. Los depòsitaba en el contenedor de basura y tardaban menos de media hora en desaparecer.Todo un misterio hasta que un día, tomando un café en un bar cercano, vi a una mujer ya muy mayor rebuscando en dicho contenedor. Se me encogió el corazón. Ha pasado un año desde entonces y, el otro día, me disppònía junto con un amigo a tirar un nórdico ya viejo. Le deposité en el suelo. “¿No lo metes al contenedor?” Me p`reguntó mi amigo sorprendido. “No”, le contesté. “Así no se mancha y le resultará más fácil de coger a la viejilla”. Se le encogió el corazón…..a mi ya no.

  2. Miguel Sandín Says:

    Hola, Marta:
    Es cierto que la costumbre del dolor termina por disolver el dolor hasta que sólo queda costumbre, una gris inercia que acatamos con resignación igual que un día nos resignamos a la vida y otro al tedio o al espanto. Sin embargo, quiero creer que bajo esa costra de lo inevitable late siempre un afán utópico, porque de no ser así, ¿qué soplo nos movería a poner los pies en el suelo cada mañana? Los otros somos nosotros desde otro prisma.

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