Nací en Madrid el 18 de abril de 1963 con el nombre completo de Miguel Ángel Martín Sandín y me crié en el, por entonces castizo, barrio de Lavapiés. En el restaurante que regentaban mis padres transcurrieron los primeros nueve años de mi vida, entre cocinas de carbón, pucheros, mesas y clientes de toda índole. Buena índole la mayoría, por lo que alcanzo a recordar.
Para empezar, uno de ellos, observando mi afición a fingir que leía el periódico con tres años, se tomó la molestia de enseñarme que lo correcto era darle la vuelta, y después algún tiempo para que aprendiese a distinguir las letras, a explicarme cómo se unían para formar palabras y frases que podían ser leídas, e incluso escritas.
Fue toda una revelación.
A partir de aquel momento encontré en las palabras el mejor amigo que un hijo -por entonces único- puede tener, especialmente las que aparecían en los bocadillos de los tebeos. Aprendí a componer el gesto angelical que podía proporcionarme una propina más jugosa y también a distinguir los comensales más propensos a dármela. El objetivo era siempre el mismo: reunir cinco pesetas para comprar un tebeo nuevo o cambiar dos tebeos leídos por dos sin leer, es decir, como si fueran nuevos. Cada aventura de Mortadelo y Filemón, Rompetechos, Zipi y Zape o La familia Trapisonda era como una puerta que se abría a otra realidad. A los ocho años escribí mi primera historia –trataba de gángsters, creo recordar- en un dietario rojo que las cervezas Mahou regalaron a mi padre.
Por aquella época descubrí también el ajedrez, otra de las pasiones que me ha hecho compañía hasta hoy; y sobre todo, cada verano en Sanabria, engullía la colección de ejemplares que por alguna razón compraba mi primo con criterio de saldo al por mayor. Desde novelas de Marcial Lafuente Estefanía hasta Vargas Llosa, pasando por Mario Puzo o Frederick Forsyth. No importaba mucho. Era leer lo que importaba.
Durante los tortuosos años de la adolescencia me entregué en afán y pluma a la poesía. Llegué incluso a descubrir su interés como moneda de cambio, pues un soneto a la chica preferida podía valer una lámina y, en consecuencia, un aprobado en dibujo. Por otro lado, inicié mis escarceos en el teatro del colegio como actor en obras de Moratín, Arniches y Mihura. Es bien sabido que las afinidades generan las amistades y por eso, en aquellos felices tiempos exentos de ordenadores, consolas, móviles y otros estériles pasatiempos, tanto en el colegio como en el barrio topé siempre con gente a la que también le entusiasmaba la lectura. De esa época data el descubrimiento de Sábato, García Márquez, Dostoievski o el mismísimo Kafka. Sin olvidar a Asimov, Spiderman y El Capitán América.
En 1981 inicié la carrera de Derecho en la Universidad Complutense, pero a la vez estaba descubriendo la filosofía oriental, el rock progresivo, el jazz, a Sartre y a Julio Cortázar. Además, ensayaba teatro y actuaba con algunas compañías de aficionados. El resultado fue que, medio curso después de haberlos iniciado, abandoné los estudios resuelto a matricularme en la Facultad de Filosofía y a montar mi propia compañía de teatro. Fue también aquel año cuando, sin más experiencia que media docena de relatos cortos y con la excusa de una convalecencia, empecé mi primera novela: Tela de argiope.
Entre 1982 y 1987 estudié Filosofía en la Universidad Complutense de Madrid, donde obtuve la licenciatura con mejores notas de lo que mi esfuerzo podía hacer sospechar. Faltaba demasiado a clase, pero la razón no era mi desinterés por los estudios; de hecho, me esforzaba al máximo cuando las circunstancias lo exigían, pero resultaba duro en exceso ensayar por las tardes con Karmesí Teatro -Compañía que al fin conseguí formar-, sacar algún dinerillo dando clases particulares y escribir hasta altas horas de la madrugada. Aun así, fui miembro fundador y colaborador de la revista Thales, que editó la propia Universidad. Durante aquellos años pusimos en escena un buen puñado de montajes, fuimos cómicos de la legua contratados por pequeños ayuntamientos de provincias, se fueron algunos actores porque no cobraban, vinieron otros pensando que cobrarían…
Mientras, yo seguía siendo un lector voraz y perseveré en Cortázar, en Márquez, en Llosa, en Kafka, Vicente Aleixandre, Hölderlin o Henry Miller. También en el ajedrez y en el jazz. Un día, muchos años más tarde, terminé Tela de argiope.
Tras la carrera vino el servicio militar. En Melilla nada menos, solo cada tarde y a la misma hora en la terraza del Hotel Ánfora, escribí Por un momento el tiempo, relato que sin saberlo sería el germen para el guión de cine que concluí mucho después de regresar a la vida civil.
Veinticinco años, una licenciatura no muy favorable para buscar trabajo y Karmesí Teatro disuelta en mi ausencia… En resumen, que necesitaba ingresos para independizarme y durante un par de años mis ocupaciones consistieron en dar algunas clases (gratificantes pero poco productivas), un trabajo de taxista (nada gratificante, si bien tan productivo que me permitía sobrevivir) y la literatura (muy gratificante pero absolutamente improductiva). Hasta que en 1990 uno de los múltiples currículum vitae arrojados al correo como un náufrago lanza botellas al mar, tuvo eco en el colegio San Miguel Arcángel, donde fui contratado como profesor de Filosofía.
Dieciocho años después continúo allí mi labor docente, dando clases de Ciencias Sociales, Ética y Filosofía. En este tiempo completé un conjunto de relatos (Desabrazos de mar), escribí ocho obras de teatro infantil que la editorial CCS publicó en cuatro volúmenes: Haciendo diabluras y El espíritu del bosque (1996); Un tesoro bajo el volcán y El jardinero (1997); Súper-David y Compañía y Un tigre muy payaso (1998); El hada desmemoriada y Las bodas (2001).
Agoté también a Cortázar, a Kafka, a Sábato; descubrí a Baricco, a Bolaño, a Benedetti y a Bernhard; también a otros cuyo apellido empezaba con otras letras.
Un buen día me encontré sin una historia para escribir mientras me acuciaban las ganas de hacerlo, clamé incluso que estaría dispuesto a pagar por una buena historia y descubrí que allí mismo se ocultaba lo que desde mis entrañas deseaba ser dicho. Así nació El gusano del mezcal. Dos horas cada tarde durante bastantes años, ya hiciera sol, lloviese o nevase, dieron como resultado esta novela. El material para construirla me lo proporcionaron, además de la propia vida, las lecturas de Carlos Fuentes, Juan Rulfo, Octavio Paz, el diccionario de mexicanismos, grupos mexicanos de Internet, una botella de mezcal… y un inmenso amor hacia lo que estaba escribiendo.

En 2006 empecé Expediente Pania, una novela destinada a lectores adolescentes que terminé en septiembre de 2007 y que se publicará en 2009. A día de hoy trabajo en una nueva novela para adultos cuya fecha de finalización no soy capaz de anticipar.