Políticos
Enero 22nd, 2013A ver si de una vez por todas la oveja grita y el lobo se espanta.
Después de un largo embarazo de casi tres años, coincidiendo con el fallido anuncio del apocalipsis maya, he puesto punto final a un nuevo libro. Por si acaso te escribí es el título provisional de esta historia, biografía apócrifa de Emilio Salaberry, desde su infancia en una ciudad sin nombre a orillas del Cantábrico hasta su regreso veinte años después, y por ahora no es mucho más lo que puedo decir.
Si lo mejor de escribir una novela es terminarla, lo peor sin duda es haberla terminado. Por dentro, queda un vacío atronador, como esa muela recién extirpada que de continuo seguimos buscando con la punta de la lengua. Por fuera, el asunto deja de depender sólo del autor y llegan las galeradas, las sinopsis, las discusiones con correctores de estilo porque no quieres que corrijan tu estilo… Pero no hay de qué lamentarse, si no me habría hecho carpintero.
Feliz fin para todos. De año, de mundo, de crisis. Cada cual que decida. Por lo que a mí respecta, con terminar la nueva novela me doy por satisfecho. Informaré.
Más de ochenta exámenes me aguardan mientras lucho contra las subordinadas del penúltimo capítulo de la novela. La crisis acecha por fuera, la gripe por dentro. La hipoteca por ambos lados. Y mañana auditoría. Uno de esos días en los que hubiera sido tan hermoso haber nacido pez, o alcachofa.
Clase de sociales 2º de E.S.O. Observo cómo un alumno sacude a su compañero en el cogote. Le advierto de que no se puede hacer bien la práctica si no se domina la teoría y, como le conviene aprender, le encargo un trabajo sobre lucha grecorromana.
El día siguiente me lo entrega. Le pregunto si ha aprendido algo y me responde que no mucho, que no entiende la relación entre el castigo y su falta. Yo sí lo entiendo cuando leo el título: Calendario gregoriano. Snif.
Al leer hoy en un diario que el problema de la deuda externa se solucionaría con reducir a la mitad el fraude fiscal (por no hablar de la interminable nómina de gestores que chupan de la teta pública). Entonces he encontrado la cuadratura del círculo para salir de la crisis. Ahí va. Demos a los antidisturbios unas cuantas lecciones sobre el modo de perseguir el fraude fiscal (después de todo es delito y ellos son policías, ¿no?). De este modo, la gente se irá a pasear a los parques y a visitar museos en lugar de agredir a los agentes con sus ojos y sus espaldas.
¿No es, sencillamente, genial?
De nada, Mariano.
Hoy que ha dimitido Esperanza Aguirre, me apetece hablar de otra cosa.
Hace algún tiempo que no escribía la reseña de ningún libro, tal vez porque no he tenido mucha suerte con mis últimas lecturas, en las que he encontrado más efectos especiales, giros forzados de la trama y sazonamiento de mercado que literatura.
Este título, en cambio, es una gratísima excepción. Me fascinó Fernando Aramburu desde que leí Fuegos con limón y este conjunto de relatos ha vuelto a impresionarme por su sencilla hondura, por el modo tan elegante de transmitir grandes desgracias con gente humilde. Una visión del terrorismo vasco distinta, tan humana que conmueve y afecta mucho más que la información transmitida por los medios de comunicación. Animo a su lectura.
No sé qué opinión os merecería alguien que después de dedicar durante años todo su tiempo, su energía y sus recursos a construir una casa, la regala con alegría al primero que se la pide. ¿Gran hermano? ¿Inmenso primo? Es la imagen que me vino a la cabeza cuando supe que Alemania ha solicitado a España profesionales cualificados y a toda prisa se les va a impartir un curso intensivo de alemán básico. Una destacada política hablaba de ello en las noticias con inmenso orgullo, al menos tanto como puso luego al hablar de Eurovegas. Bonito futuro.
Dos meses sin conectarme a internet, dedicado a un pequeño huerto donde he dado mis primeros pasos como horticultor (con desiguales aciertos, hay que reconocerlo), a leer, a escribir, a pasear en bicicleta y labores de bricolaje (con mayoría de desaciertos) han tocado a su fin. De vuelta a la civilización (llamémosla así), a los claustros, exámenes de septiembre, conversaciones sobre la crisis… Me invade cierta nostalgia, que espero se pase con el transcurrir de los días.
Terminado el duro curso y tras recibir unas interesantes nociones de coaching, me desconecto por unos días del mundo tecnológico. Aire y literatura me esperan. Nos leemos.